De un tiempo a esta parte vengo manteniendo una controvertida teoría que no por polémica resulta menos cierta: el calor saca lo peor de las personas. Y no lo digo yo, la calle habla y se expresa con vertiginoso ímpetu a la vez que suben los termómetros. La falta de pudor es, por tanto, directamente proporcional al buen tiempo y el sentido de la estética se ve tristemente relegado al cajón de los imposibles.
Esta realidad de carnes al aire convivía hasta hace dos temporadas en relativa calma con el sentido del ridículo. Hasta que llegaron ellas.
Esas camisetas ombligueras que muestran más que cubren también llamadas crop tops y que, no nos engañemos, no son aptas para todas las tripas. Hacen falta demasiados abdominales, que muchos no estamos dispuestos a sufrir, para lucir una prenda prescindible que, como el calor, saca a relucir nuestra cara b. Ésa que hace dos veranos ocultábamos y que ahora, solo por un dictado impopular, nos vemos obligados a mostrar. Siempre, claro, que no se imponga el sentido común a la hora de llevar una tendencia gracias a la que cada mañana en el metro me digo a mi misma, ¿es necesario?
Esta realidad de carnes al aire convivía hasta hace dos temporadas en relativa calma con el sentido del ridículo. Hasta que llegaron ellas.


